Nuestros padres también han sucumbido a que Papá Noel venga a casa, a pesar de sus quejas de que tenemos muchísimos juguetes, con los que apenas jugamos, que no recogemos, no obedecemos, que si nos portamos mal no tendremos regalos, pero al final no debemos de ser tan malos porque siempre cae algo. Eso sí, no tanto como el día de Reyes, en el que nuestros padres no dan abasto a desenvolver paquetes, abrir cajas llenas de plásticos, gomas y alambres para sujetarlo todo, interpretar instrucciones ininteligibles sobre el montaje, poner pilas, buscar un hueco para almacenar muchos juguetes con los que probablemente no volvamos a jugar, bajar a la basura montones de embalajes, con lo que contribuimos de manera espectacular al cambio climático.
Y la historia se repite año tras año, y luego llegan los juguetes en casa de los abuelos y de los tíos, y más paquetes y más basura y encontrar más sitios para guardarlos. Nuestros padres quejándose de tanto trasto pero, en el fondo, a ellos también les gustan los juguetes pues, son de la generación del yogur y sus padres también opinaban lo mismo; que tenían muchas cosas y que no las valoraban. Y luego el cuento de los abuelos, que si sólo tenían una muñeca, que cualquier cosa les valía para jugar,que se hacían los balones con trapos, que no tenían televisión, ni por supuesto tanta maquinita...